lunes, 10 de junio de 2013

Los silencios y el Recogimiento en la Eucaristía

El emérito papa Benedicto XVI dedicó unas palabras sobre el silencio que hay que guardar en ciertos momentos de la celebración de la Eucaristía para que nos sea verdaderamente provechosa. Dice así:
"El silencio forma parte de la liturgia. Al Dios que habla, le respondemos cantando y orando, pero el misterio más grande, que va más allá de cualquier palabra, nos invita también al silencio. Debe ser, naturalmente, más que una ausencia de palabras y acciones, un silencio lleno de contenido”.
De la liturgia esperamos precisamente esto, que nos ofrezca el silencio positivo en el que nos encontremos a nosotros mismos. El silencio que no es una simple pausa en la que vienen a nosotros mil pensamientos y deseos, sino ese recogimiento que nos da la paz interior, que nos permite tomar aliento, que descubre lo que es verdaderamente importante.
Por esto mismo, no se puede «hacer» silencio, sin más, disponerlo como si fuera otra acción cualquiera. No es casual el hecho de que hoy se busquen por doquier ejercicios de introspección, una espiritualidad de vaciamiento: con ello se pone de relieve una necesidad interior del hombre que, al parecer, en la forma actual de nuestra liturgia, no se ha terminado de hace respetar en sus derechos.
Para que el silencio sea fecundo no puede convertirse en una mera pausa en la liturgia. ¿Cómo lograrlo?. En los últimos tiempos se ha intentado introducir en la liturgia dos breves momentos de silencio que deben encontrar una respuesta: por una parte, se propone una breve pausa para la reflexión después de la homilía y, por otra, después de recibir la santa Comunión, como tiempo para un posible recogimiento interior.
La pausa de silencio después de la homilía ha resultado poco satisfactoria; causa una sensación de artificiosidad y, en el fondo, lo único que se espera es que el celebrante prosiga con la Misa.
Más útil e interiormente justificado es el silencio después de la Comunión: es, de hecho, el momento para un diálogo íntimo con el Señor, que se nos ha dado para entrar en el proceso de comunicación sin el cual la comunión exterior se convierte en un puro rito y se convierte en algo estéril.
Aquí nos encontramos, con frecuencia, con obstáculos que pueden comprometer este instante, precioso de por sí: la distribución de la Comunión continúa con la confusión provocada por el ir y venir, puesto que, a veces, dura demasiado en relación con el resto de la acción litúrgica; el sacerdote siente, entonces, la necesidad de continuar más rápido con la liturgia para que no se produzca un espacio vacío de espera e inquietud.
En la medida de lo posible, habría que aprovechar, sin duda alguna, este silencio tras la Comunión, y dar a los fieles unos instantes para la oración interior.
La misma estructura de la liturgia prevé otros momentos de silencio. En primer lugar, está el silencio que hay inmediatamente después de la Consagración, durante la elevación de las especies consagradas.
Este silencio nos invita a dirigir la mirada a Cristo, a mirarlo desde dentro, en una contemplación que es, a la vez, agradecimiento, adoración y petición para nuestra transformación interior.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor, Jesús”. Quien participe en la Eucaristía, orando con fe, tiene que sentirse profundamente conmovido en el instante en el que el Señor desciende y transforma el pan y el vino, de tal manera que se convierten en su cuerpo y en su sangre.
Ante este acontecimiento, no cabe otra reacción posible que la de caer de rodillas y saludarlo. La consagración es el momento de la actuación de Dios en el mundo, por nosotros; levanta nuestra mirada y nuestro corazón.
Por un instante el mundo enmudece, todo guarda silencio, y en ese silencio tiene lugar el contacto con el Eterno; en lo que es un latido del corazón, salimos del tiempo para entrar en la presencia de Dios con nosotros.
(Fuente: Web Católica de Formación e Información - "Mercaba.org" (Fichero Teológico))

lunes, 4 de marzo de 2013

Las gotas de agua en el vino

Con este signo el sacerdote le pide a Dios que una nuestras vidas a la suya. AI momento de preparar sobre el Altar el pan y el vino "el Diácono u otro ministro, pasa al sacerdote la panera con el pan que se va a consagrar; vierte el vino y unas gotas de agua en el cáliz.." (Misal Romano Nº 133).  El instante en que se echa el agua se acompaña con una oración que se dice en secreto: "El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

San Cipriano, a mediados del siglo II, escribió sobre este gesto litúrgico, lo siguiente:

"en el agua se entiende el pueblo y en el vino se manifiesta la Sangre de Cristo. Y cuando en el cáliz se mezcla agua con el vino, el pueblo se junta a Cristo, y el pueblo de los creyentes se une y junta a Aquel en el cual creyó. La cual unión y conjunción del agua y del vino de tal modo se mezcla en el cáliz del Señor que aquella mezcla no puede separarse entre sí. Por lo que nada podrá separar de Cristo a la Iglesia (...) Si uno sólo ofrece vino, la Sangre de Cristo empieza a estar sin nosotros, y si el agua está sola el pueblo empieza a estar sin Cristo. Más cuando uno y otro se mezclan y se unen entre sí con la unión que los fusiona, entonces se lleva a cabo el sacramento espiritual y celestial" (Carta Nº 63, 13).

(Extractos del Libro " Gestos y Símbolos" del P. José Aldazabal.)

lunes, 14 de enero de 2013

El ABeCedario del Año de la Fe

Don Javier Leoz, delegado de Religiosidad Popular de la Archidiócesis de Pamplona, España, ha elaborado un abecedario de recomendaciones para vivir un 2013 centrado en el Año de la Fe. "Adquirir conciencia de la fe, beber de la palabra, confesar los contenidos de nuestra fe, dar valor a la caridad o estimular los grupos existentes en la parroquia", son algunos ejemplos.
Tal vez comenzar por leerlos tranquilamente y luego a poner en práctica los que se nos hagan más fáciles. En fin ... ¿tenemos casi todo este año verdad?.



miércoles, 19 de septiembre de 2012

Recibir la comunión: ¿en la boca o en la mano?

Según la normativa actual, es tan válido recibir la comunión en la boca como en la mano; los dos modos de recibir el Cuerpo del Señor tienen sentido, y los dos pueden expresar igualmente nuestra comprensión y respeto al misterio eucarístico.
Sin embargo, es bueno tener presente algunos criterios que nos pueden ayudar a discernir a cada uno la mejor manera de recibir la Comunión:
  • Los cristianos de los primeros siglos no conocieron la recepción en la boca, sino que mantuvieron con naturalidad la costumbre de recibir el pan eucarístico en la mano. Hasta el siglo IX, los fieles recibían la comunión en la mano. Existen muchos documentos que lo confirman y uno de los más importantes pertenece a San Cirilo de Jerusalén, que en el siglo IV señala lo siguiente: "Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no avances con las manos tensas ni con los dedos separados, sino haz de tu mano izquierda un trono para tu mano derecha, ya que ésta debe recibir al Rey y, en el hueco de tu mano, recibes el Cuerpo de Cristo, contestando: Amén".
  • Poco a poco la costumbre fue cambiando. Los motivos no son fáciles de explicar porque recibir la comunión en la boca no se hizo por decreto ni fue igual en todas partes. Abusos, sacrilegios y profanaciones por parte de los herejes fueron limitando a los fieles la recepción en la mano.
  • También en este período prevaleció más en la Eucaristía el aspecto de veneración y adoración por sobre el celebrativo. Esto hacía que muchos vieran como una falta de respeto recibir en las manos la Comunión.
Después de la Reforma Litúrgica del Concilio Vaticano II, varios episcopados del mundo expresaron su deseo de establecer la costumbre de dar a los fieles la Comunión en la mano. En nuestro país, se hizo realidad a partir del año 1973. Los Obispos encabezados por Monseñor Raúl silva Henríquez, hicieron pública la autorización de recibir la Comunión en la mano.
Es bueno insistir que el modo de comulgar no es un imposición. Cada fiel tiene la posibilidad de recibir la Comunión en la mano o en la boca, ojalá, sin perder de vista lo más natural, simbólico, bello y significativo. Lo importante es que se logre captar el significado profundo del gesto y se pueda manifestar más expresivamente la Fe y respeto hacia la Eucaristía.
(Fuente: "Liturgia y Celebración", Eduardo Cáceres Contreras)

sábado, 25 de agosto de 2012

El Bautismo

Los padres, al recibir el hijo e hija como un don, deciden que su niño o niña entre en el mundo habitado por Dios. Un mundo profundo y maravilloso para quien tiene ojos para ver.
El niño bautizado entra así en un universo que está bajo la mirada de Dios. El Bautismo no es sencillamente un rito externo, sino una fuerza interior. El niño bautizado adquiere la posibilidad de creer en Dios, de amarlo y de servirlo, desde el mismo momento. A su manera, pero verdaderamente, puede amar a Dios y enseñar a los padres a amarlo. Puede también descubrir y contemplar a Dios en el mundo, con fuerza e interioridad.
A medida que el niño crece, la familia y la comunidad eclesial están presentes en las elecciones del niño y niña como señales del amor de Dios y de sus llamada.
Se espera que los padres encuentren siempre en la comunidad la fuerza para continuar y cumplir con su compromiso de educar en la fe a sus hijos.

(Equipo Nacional de Pastoral de la infancia - Conferencia Episcopal de Chile)

martes, 14 de agosto de 2012

Razones de nuestra esperanza

Es una curiosa, en muchas personas, ese ir pasando, en los distintos ámbitos de la vida, a lo que en cada momento se nos muestra como “las últimas novedades”: conocer y tener el último producto aparecido, consumir las últimas novedades, estar a la moda en todo y no estar al margen de lo novedoso.
Este vivir acumulativamente, tragando sin masticar, sólo hace quedarse en la cáscara de todo, con unas pocas impresiones superficiales y creyendo ingenuamente que “conocemos”.
En el plano de la vida espiritual, esta carrera por las novedades se transforma en una búsqueda y acumulación de “experiencias”: se va pasando de tal o cual terapia o lectura supuestamente “sicológica” a tal o cual experiencia esotérica, o tal lectura “metafísica”. Y así continúa la permanente búsqueda de novedades, quizás porque la fe cristiana es considerada algo “demasiado conocido”. (CONALI - 08.07.2012)

Interesante artículo extraído de la "hojita del domingo", No hay duda ... hay que formarse y hay que saber dónde y cómo hacerlo. Por mucha preparación que creamos tener, no es suficiente. Los tiempos que vivimos lo requieren, debemos alimentar nuestra fe, y sobretodo "dar razón de nuestra esperanza" (1 Pe 3, 15).
Formarse "on line" es una alternativa válida y al alcance de nuestro "tiempo". Sitios hay muchos: Catholic.net, Encuentra.com, todocatólico.org, apologética católica, entre otros.
Personalmente recomiendo mercaba.org, un sitio muy interesante. Tiene materiales valiosísimos y una oferta de formación e información nada despreciable. Dos apartados que nos pueden ser útiles son: 

  • Biblioteca Católica digital (muy completa y de confianza. Se puede descargar completa al disco duro)
  • Fichero ideológico (citas, textos del magisterio y reflexiones sobre los temas más diversos, muy completo!)
La invitación está hecha ... a estudiar.




martes, 24 de julio de 2012

"Dense fraternalmente el saludo de la paz" ...


El signo de la paz que nos brindamos en la misa es un rito “con el que la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y con el que los fieles se expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental” (IGMR 82). Está previsto además que sea un rito sobrio “En cuanto al signo mismo para dar la paz, establezca la Conferencia de Obispos el modo, según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos. Conviene, sin embargo, que cada uno exprese la paz sobriamente sólo a los más cercanos a él” (IGMR 82). Tan sobrio que incluso el salir el sacerdote del presbiterio para dar la paz a los fieles, debe ser algo extraordinario: “«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles” (Redemptionis Sacramentum 72).
Es más, incluso releyendo las rúbricas del Misal Romano se dice que la invitación “Daos fraternalmente la paz” es algo que el sacerdote o el diácono dicen “si se juzga oportuno”.
Recuerdo esto porque el gesto de la paz se convierte a nada que uno se descuide en un gallinero que en lugar de prepararnos para la comunión nos descentra y alborota. Hemos pasado de que “cada uno exprese la paz sobriamente sólo a los más cercanos a él” a una necesidad de saludar a toda la concurrencia, cuando no en una explosión de besos y abrazos como si lleváramos dos años sin vernos. Y no digo nada en algunas celebraciones especiales.
¿Cuántas veces no nos ha pasado que llega el momento de la paz en una misa de funeral y comienza la gente a acercarse a los familiares del difunto en una cola interminable? Tanto que cuando el sacerdote va a dar la paz a los familiares (una causa razonable) le es imposible porque todo el mundo está a lo mismo. Más de una vez me he quedado ahí como un pasmarote intentando dar la paz y nadie me hace caso porque se ha producido una avalancha de gente tal que los familiares no dan abasto. ¿Y en las primeras comuniones? De repente el niño da la paz a papá y mamá y a los abuelos, y le llaman los tíos… y el niño que desaparece por la iglesia, de forma que congregar de nuevo a los neo comulgantes es tarea de titanes. O están en la misa con los niños, llega la paz y los niños que salen corriendo por toda la iglesia buscando a familiares y amigos. Hasta en bodas, como no andes listo aprovechan ese momento familiares y amigos para felicitar a los novios.
El rito de la paz no es momento de saludos, efusiones, enhorabuenas o pésames. Es un gesto sencillo que expresa un deseo de paz y comunión entre todos antes de recibir la Eucaristía. Nada más.
Es bueno que tanto sacerdotes y fieles cuidemos el gesto de la paz para que sea lo que tiene que ser.  Suelo recordarlo de vez en cuando en las misas, y por supuesto en celebraciones como primeras comuniones tengo avisados a los niños de que la paz a papá y mamá, compañeros, catequista y sacerdote. Y bastante es. Pero no es tan complicado.
El problema viene cuando no sabemos el sentido de los gestos y la fuerza que encierran, y acabamos convirtiendo un gesto que debe expresar la comunión eclesial y la mutua caridad en un saludarnos, en un muá muá, en ocasión para dar el pésame o la enhorabuena, dependiendo de circunstancias. El gesto de la paz es mucho más. Por eso es sobrio, porque es muy serio lo que expresa. Re-convertirlo en multiplicidad de abrazos y besos por todo el templo es dejarlo reducido a unos saludos que deben hacerse a la entrada o la salida. Nunca en la liturgia.

 
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